A pesar de haber madrugado un huevo llegábamos a Madrid con el tiempo contado. Tras abrir la puerta del coche un puñetazo de calor nos daba la bienvenida. 40 grados nos hacían conscientes de que por fin estábamos en la meseta.

Dentro del hotel, mientras arreglábamos el tema de las habitaciones, nos llevábamos la primera grata sorpresa. Un crack del norte, A., estaba de nuevo en nuestro taller. Un nuevo fichaje que muy pronto dará que hablar. Y, esta vez, venía con su ala. Un fuerte abrazo desde aquí…

Nos acomodamos en la habitación y dimos los últimos retoques del taller mientras nos alimentábamos a base de frutita.

Con las prisas de tenerlo todo preparado no había reparado en esa emoción que me embriaga cada vez que doy la bienvenida a gente que, como yo, ha decidido coger al toro por los cuernos y enfrentarse a una realidad que parece sublevarse y controlarnos.

Subimos todos y arriba comenzó la aventura.

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