la-trampa-del-seductor-infalible

El control total no existe. Es un espejismo.

Me refiero a que hace veinte minutos exactos que acabo de echar un polvazo de los que dejan huella. Y a que no entraba en mis planes.

«Nena, al final estoy demasiado liado. Lo dejamos para la próxima, ¿vale?»

Ese era el SMS que le he enviado a F, una amiga a la que conocí poco después de empezar con todo esto de la seducción científica y con la que todavía guardo una relación muy especial. Horas más tarde sonaba el timbre de mi casa. ¡¡Era ella!! Y yo con estos pelos.

Puesto que últimamente soy una persona bastante estresada (¿te he hablado ya de mi jornada de setenta horas semanales?), he estado a nada de echarla con un antipático «Hola. Mira el mensaje que te he enviado. El que avisa no es traidor. Adiós.»

Pero F estaba demasiado irresistible, así que justo al acercarme su mejilla para despedirnos me he visto forzado a empujarla contra la pared y comérmela a besos. Después han ocurrido cosas que hace diez mil años ya venían pasando entre hombres y mujeres y que, con un poco de suerte, seguirán ocurriendo dentro de otros diez mil.

La cuestión es que hay niveles de descontrol preferibles a otros. A veces, no está tan mal que te sorprendan. Mientras la incertidumbre se vea poblada de sorpresas agradables, no hay nada de malo en ella. Partiendo de esta base, ¿por qué obsesionarte con el control absoluto?

Hacerlo te puede llevar a caer en la trampa del seductor infalible. O, peor aun, en la del «seductor marioneta».

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